La Pax Romana

Dos siglos de paz armada desde Escocia hasta el Éufrates

⏳ 27 a. C. – 180 d. C.Alto Imperio📍 Ara Pacis, Roma

Entre el 27 a. C. y el 180 d. C., el Mediterráneo vivió el período de estabilidad más largo de su historia. Unos 60 millones de personas comerciaron, viajaron y construyeron bajo una misma ley.

Una paz con espada

La Pax Romana («paz romana») es el nombre que se da a los aproximadamente 200 años que van desde el ascenso de Augusto en el 27 a. C. hasta la muerte de Marco Aurelio en el 180 d. C. No fue una época sin guerras, sino una época sin guerras civiles largas dentro del imperio y sin invasiones capaces de amenazar el corazón del Mediterráneo. El historiador Tácito puso en boca de un caudillo britano una crítica feroz: «Donde hacen un desierto, lo llaman paz».

Su símbolo es el Ara Pacis Augustae, un altar de mármol consagrado en el 9 a. C. en el Campo de Marte, con relieves de la familia de Augusto en procesión. Fue reconstruido en el siglo XX a partir de fragmentos dispersos y hoy se exhibe en un museo moderno junto al Tíber.

El imperio en su apogeo

Bajo Trajano, en el 117 d. C., el imperio alcanzó su máxima extensión: unos 5 millones de km², desde el norte de Britania hasta Mesopotamia. Los historiadores estiman su población en unos 50–70 millones de personas, quizá una quinta parte de la humanidad de la época. Unas 30 legiones custodiaban las fronteras (limes), concentradas en el Rin, el Danubio y el Éufrates. El Muro de Adriano, iniciado en el 122 d. C., cruzaba el norte de Britania a lo largo de 80 millas romanas (unos 117 km).

Una moneda común (el denario de plata y el áureo de oro), un mismo derecho y dos lenguas francas, el latín en Occidente y el griego en Oriente, unían provincias que hablaban decenas de idiomas.

Un mercado de todo el Mediterráneo

La paz convirtió al Mediterráneo en lo que los romanos llamaban Mare Nostrum, «nuestro mar», libre de piratas. Los barcos llevaban trigo de Egipto y África para alimentar a Roma, aceite de la Bética (Andalucía), vino de la Galia, vidrio de Siria, mármol de Grecia y especias que llegaban del Índico a través del mar Rojo.

Dato curioso: en Roma existe una colina artificial, el Monte Testaccio, de unos 35 m de altura, formada enteramente por restos de ánforas rotas, la mayoría de aceite hispano. Se calcula que contiene unos 53 millones de ánforas acumuladas entre los siglos I y III.

Los análisis de los hielos de Groenlandia muestran un pico de contaminación por plomo en esta época, producto de la minería y la fundición romanas: un registro químico de la actividad económica que solo volvió a superarse en la Revolución Industrial.

Los emperadores de la paz

Al período pertenecen dinastías muy diferentes. Los Julio-Claudios (Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón) consolidaron el sistema, aunque con escándalos y asesinatos en la corte. Tras el caótico año de los cuatro emperadores (69 d. C.), los Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano) construyeron el Coliseo. Luego vino la etapa que Maquiavelo y después Edward Gibbon elogiaron: los cinco buenos emperadores, Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio (96–180), que elegían por adopción al sucesor más capaz.

Gibbon escribió en 1776 que, si se le pidiera señalar el período de la historia en que la humanidad fue más feliz y próspera, nombraría sin dudar el que va de la muerte de Domiciano al ascenso de Cómodo.

Las grietas

La paz tenía límites. Hubo rebeliones sangrientas: la de Boudica en Britania (60–61 d. C.), las guerras judías que terminaron con la destrucción del Templo de Jerusalén (70 d. C.) y la revuelta de Bar Kojba (132–135). Trajano conquistó la Dacia (actual Rumania) en dos guerras (101–106), celebradas en los relieves de su columna, de unos 30 m.

El final llegó con dos golpes. Desde el 165 d. C. la peste antonina, probablemente viruela traída por las tropas desde Oriente, mató a millones de personas. Y Marco Aurelio pasó buena parte de su reinado combatiendo a los marcomanos en el Danubio, donde escribió sus Meditaciones. A su muerte en el 180 lo sucedió su hijo Cómodo, rompiendo la costumbre de la adopción. Según el historiador Dion Casio, con él Roma pasó «de un reino de oro a uno de hierro y óxido».

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