Vida cotidiana en Roma
Un millón de personas entre edificios de seis pisos, termas y ruido
La Roma del siglo II tenía cerca de un millón de habitantes. Vivían en bloques de alquiler, comían en la calle, se bañaban en termas públicas y tenían pan gratis y espectáculos casi a diario.
La primera megaciudad
En tiempos de Augusto y durante el siglo II d. C., Roma tenía, según la mayoría de los historiadores, alrededor de un millón de habitantes: ninguna ciudad europea volvería a esa cifra hasta Londres, a comienzos del siglo XIX. Augusto la dividió en 14 regiones administrativas, con barrios (vici) que tenían sus propios santuarios y fiestas.
Unos catálogos del siglo IV, los llamados Regionarios, enumeran 46.602 insulae (bloques de viviendas) y 1.790 domus (casas particulares). Aunque los historiadores discuten qué contaban exactamente, la diferencia muestra la realidad: la inmensa mayoría vivía de alquiler, apiñada.
Insulae y domus
Las insulae eran edificios de varios pisos con tiendas (tabernae) en la planta baja. Los pisos inferiores eran los más caros y cómodos; cuanto más alto, más pobre el inquilino, más pequeños los cuartos y mayor el riesgo. Sin agua corriente arriba, sin cocinas seguras y con estructuras de madera, eran trampas de fuego. Augusto limitó su altura a 70 pies (unos 21 m) y Trajano a 60. El poeta Juvenal se quejaba de los derrumbes y de los incendios, y de que en Roma era imposible dormir por el estruendo de los carros nocturnos, porque una ley de César había prohibido la mayoría de los vehículos de carga durante el día.
Los ricos vivían en la domus, una casa cerrada al exterior organizada en torno al atrio, con un estanque (impluvium) que recogía la lluvia por una abertura del techo, y un peristilo, un jardín rodeado de columnas. Las paredes se decoraban con frescos y los suelos con mosaicos.
En el 64 d. C. estalló el gran incendio: según Tácito, duró seis días y, de las 14 regiones, tres quedaron arrasadas y siete muy dañadas. Augusto había creado en el 6 d. C. los vigiles, un cuerpo de unos 7.000 bomberos y vigilantes nocturnos, pero no bastaron.
Pan y circo
El Estado alimentaba a la plebe. La annona repartía trigo gratis cada mes a unos 200.000 ciudadanos inscritos en tiempos de Augusto; más tarde se agregaron aceite, vino y pan. El grano llegaba en flotas desde Egipto y África al gran puerto de Ostia y luego río arriba. Juvenal resumió con desprecio lo que el pueblo quería: panem et circenses, «pan y juegos de circo».
Había espectáculos casi a diario. El Circo Máximo, donde corrían las carreras de cuadrigas, era el mayor recinto de espectáculos del mundo antiguo: las estimaciones van de 150.000 a 250.000 espectadores. Los cocheros se organizaban en cuatro facciones por colores, verdes, azules, rojos y blancos, con hinchadas tan apasionadas como las del fútbol actual. El auriga Cayo Apuleyo Diocles, de origen hispano, ganó más de 1.400 carreras en el siglo II y acumuló una fortuna de unos 36 millones de sestercios.
Dato curioso: la mayoría de los romanos no cocinaba en casa. Comían en los thermopolia, mostradores de comida caliente que daban a la calle, la versión antigua de la comida rápida. El condimento estrella era el garum, una salsa de pescado fermentado.
Las termas
El baño era un ritual social diario. Los Regionarios cuentan unos 850 baños públicos pequeños (balnea) y once grandes termas imperiales. Las Termas de Caracalla (inauguradas en el 216 d. C.) podían recibir a unas 1.600 personas a la vez; las de Diocleciano eran aún mayores. El recorrido iba del gimnasio (palaestra) al caldarium caliente, el tepidarium templado y el frigidarium frío. Debajo, el hipocausto, un sistema de calefacción por suelo radiante, hacía circular aire caliente de los hornos. Las termas tenían bibliotecas, jardines, tiendas y salas de masaje; la entrada costaba muy poco o era gratuita.
Familia, esclavos y tiempo
La familia giraba en torno al paterfamilias, el varón mayor, que en teoría tenía poder legal sobre hijos, nietos y esclavos. Las mujeres no votaban, pero las de clase alta podían poseer bienes y tener una influencia considerable. La esclavitud era omnipresente: los historiadores estiman que en la Italia de Augusto había más de un millón de esclavos. Muchos eran liberados, y los libertos se convertían en ciudadanos, a veces muy ricos.
El día se dividía en 12 horas de luz, cuya duración variaba según la estación. Se trabajaba por la mañana y se iba a las termas por la tarde, antes de la cena, la comida principal. Cada ocho días había mercado (nundinae). Y en diciembre llegaban las Saturnales, una semana de fiesta en la que se intercambiaban regalos y los esclavos podían bromear con sus amos.
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