
El latín
La lengua de una aldea del Lacio que hoy hablan 800 millones
Nació en una pequeña región de Italia, se impuso en medio imperio y se fragmentó en el español, el portugués, el francés, el italiano y el rumano. Nunca murió del todo.
La lengua del Lacio
El latín toma su nombre del Lacio (Latium), la llanura de Italia central donde estaba Roma. Es una lengua indoeuropea de la rama itálica, pariente lejana del griego, el sánscrito, las lenguas germánicas y las celtas. En sus orígenes era solo una entre muchas lenguas de Italia: alrededor se hablaban el osco, el umbro, el etrusco (que no era indoeuropeo) y el griego de las colonias del sur.
Uno de los textos latinos más antiguos es la inscripción del Lapis Niger («piedra negra»), en el Foro, del siglo VI a. C., grabada en una columna de toba en escritura bustrofedón (una línea en un sentido, la siguiente en el contrario). Su texto parece mencionar a un rex, un rey.
Los romanos tomaron el alfabeto de los etruscos, que a su vez lo habían adaptado del griego. El alfabeto latino clásico tenía unas 23 letras: no existían la J, la U ni la W, que se distinguieron recién en la Edad Moderna, y la Y y la Z se añadieron para escribir palabras griegas. Es hoy el alfabeto más usado del mundo.
Del latín clásico al vulgar
El latín clásico es el de la literatura de fines de la República y comienzos del Imperio, aproximadamente del 80 a. C. al 14 d. C.: los discursos de Cicerón, los comentarios de César, la poesía de Virgilio, Horacio y Ovidio. Era una lengua muy flexiva: los sustantivos cambiaban de terminación según su función en la frase en seis casos (nominativo, vocativo, acusativo, genitivo, dativo y ablativo), lo que permitía un orden de palabras muy libre.
Pero la gente común hablaba de otro modo: el latín vulgar. Lo conocemos por los grafitis de Pompeya, por las cartas de soldados y por documentos como el Appendix Probi, una lista escolar de errores comunes de época tardía: «speculum, no speclum», «auris, no oricla», «calida, no calda». Esas formas «incorrectas» son precisamente las que sobrevivieron: oricla dio oreja, calda dio la palabra italiana caldo.
Dato curioso: el latín vulgar prefería palabras coloquiales a las cultas. Por eso decimos caballo (de caballus, «jamelgo») y no algo derivado del clásico equus, y cabeza (de capitia) en vez de caput. Es como si dentro de mil años se hablara una lengua derivada de nuestra jerga.
Las lenguas hijas
Cuando el imperio de Occidente se fragmentó, el latín hablado evolucionó de manera distinta en cada región, hasta dar origen a las lenguas romances: español, portugués, francés, italiano, rumano, catalán, gallego, occitano, sardo y muchas más. En conjunto suman hoy más de 800 millones de hablantes nativos. En el año 813, el Concilio de Tours ordenó a los sacerdotes predicar en la «lengua romana rústica» porque el pueblo ya no entendía el latín. Los Juramentos de Estrasburgo (842) son considerados el primer documento en francés antiguo, y las Glosas Emilianenses, de hacia los siglos X–XI, contienen algunas de las primeras frases escritas en un romance de la península ibérica.
Los conquistadores y misioneros llevaron el español y el portugués a América. En Paraguay, el latín llegó con los jesuitas, que lo usaban en las Reducciones junto al guaraní, y es la raíz de casi todo el vocabulario español que se mezcla con el guaraní en el habla cotidiana.
Una lengua que no muere
El latín nunca dejó de usarse. Fue la lengua de la Iglesia católica, de la diplomacia, de las universidades y de la ciencia durante más de mil años. Copérnico, Galileo en parte de su obra, y Newton en sus Principia (1687) escribieron en latín. El naturalista Carl Linneo creó en el siglo XVIII la nomenclatura científica binomial que todavía usamos: Homo sapiens, Panthera onca para el jaguar.
Hasta el Concilio Vaticano II (1962–1965), la misa católica se celebraba en latín en todo el mundo, y sigue siendo la lengua oficial de la Santa Sede, que publica neologismos para cosas modernas. Abreviaturas como etc. (et cetera), a. m. y p. m. (ante y post meridiem), e. g. o expresiones como curriculum vitae, per cápita, statu quo, a priori o déficit son latín vivo. Y en el inglés, una lengua germánica, una gran parte del vocabulario culto procede del latín, directamente o a través del francés.
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