Revolución industrial

Cuando el vapor reemplazó al músculo

⏳ c. 1760–1840 (primera fase)Edad Contemporánea📍 Manchester, Inglaterra

Desde mediados del siglo XVIII, Gran Bretaña inventó la fábrica, la máquina de vapor y el ferrocarril. El mundo pasó del taller artesanal a la producción en masa.

Por qué empezó en Gran Bretaña

A mediados del siglo XVIII, Gran Bretaña reunía una combinación única: abundante carbón y hierro cerca de la superficie, una red de ríos y canales, un imperio colonial que proveía materias primas y mercados, salarios relativamente altos que incentivaban ahorrar mano de obra, y una cultura de inventores y emprendedores protegida por un sistema de patentes. Además, una revolución agrícola previa —cercamientos de tierras, rotación de cultivos— había liberado trabajadores del campo y aumentado la oferta de alimentos.

Algodón, hierro y vapor

El primer sector en transformarse fue el textil algodonero. La lanzadera volante de John Kay (1733), la hiladora Jenny de James Hargreaves (c. 1764), la máquina hiladora hidráulica de Richard Arkwright (1769) y la mula de Samuel Crompton (1779) multiplicaron la producción. En 1771 Arkwright abrió en Cromford una de las primeras fábricas modernas, con turnos y cientos de obreros movidos por una rueda hidráulica.

La pieza clave fue la máquina de vapor. Thomas Newcomen había creado en 1712 una bomba para drenar minas, pero gastaba muchísimo carbón. James Watt le añadió en 1769 un condensador separado, y junto a Matthew Boulton fabricó desde 1776 máquinas mucho más eficientes que podían mover telares, fuelles y molinos lejos de los ríos. En la metalurgia, Abraham Darby había fundido hierro con coque en 1709 en Coalbrookdale, donde en 1779 se levantó el primer puente de hierro del mundo.

El ferrocarril cambia la escala

En 1825 se inauguró la línea Stockton–Darlington y en 1830 el ferrocarril Liverpool–Manchester, el primero interurbano con horarios regulares, tirado por locomotoras como la Rocket de George y Robert Stephenson. En pocas décadas los rieles cubrieron Europa y América. En Paraguay, Carlos Antonio López impulsó uno de los primeros ferrocarriles de Sudamérica: el tramo Asunción–Trinidad empezó a funcionar en 1861, junto con la fundición de hierro de Ybycuí, inaugurada en 1854.

Dato curioso: el horario ferroviario obligó a unificar la hora. Antes, cada ciudad británica se regía por su propio mediodía solar; las compañías de tren impusieron la hora de Greenwich en la década de 1840.

El costo humano

Las ciudades crecieron a un ritmo sin precedentes: Manchester pasó de unos 25 000 habitantes hacia 1770 a más de 300 000 a mediados del siglo XIX. Los obreros, incluidos niños de seis u ocho años, trabajaban jornadas de 12 a 14 horas en ambientes insalubres. Los barrios obreros sufrían cólera y tuberculosis. Surgieron los luditas, que destruían máquinas, y luego los sindicatos y movimientos como el cartismo. Leyes como la Factory Act de 1833 empezaron a limitar el trabajo infantil. Pensadores como Friedrich Engels y Karl Marx analizaron esta nueva sociedad de clases.

Segunda revolución y legado

Hacia 1870 comenzó una segunda revolución industrial, basada en el acero, la electricidad, el petróleo y la química, liderada por Estados Unidos y Alemania. La industrialización elevó como nunca la productividad y, a largo plazo, el nivel de vida, pero también inició la quema masiva de combustibles fósiles: la concentración de CO₂ en la atmósfera, de unas 280 partes por millón antes de 1750, supera hoy las 420. El mundo moderno, con sus ventajas y sus problemas, nació en aquellas fábricas.

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