Augusto, el primer emperador
El heredero de 18 años que inventó el Imperio sin llamarlo así
Cayo Octavio heredó el nombre de César a los 18 años, ganó una guerra civil y gobernó 41 años como 'primer ciudadano'. Transformó la República en un imperio que duraría siglos.
Un joven con un nombre prestado
Cayo Octavio nació en Roma el 23 de septiembre del 63 a. C., en una familia acomodada pero no aristocrática de Velletri. Su gran ventaja era su madre, Atia, sobrina de Julio César. Cuando César fue asesinado en el 44 a. C., su testamento reveló que adoptaba a Octavio, de 18 años, como hijo y heredero. Contra el consejo de su familia, el joven aceptó: se hizo llamar Cayo Julio César y reclamó la lealtad de los veteranos de su padre adoptivo. Marco Antonio lo despreció como «un muchacho que lo debe todo a un nombre».
De la guerra civil al poder único
Octavio se movió con una frialdad sorprendente. En el 43 a. C. formó con Marco Antonio y Lépido el segundo triunvirato, oficializado por ley, y lanzó proscripciones: listas de enemigos cuyos bienes se confiscaban y a quienes cualquiera podía matar. Entre las víctimas estuvo Cicerón. En el 42 a. C. vencieron a los asesinos de César, Bruto y Casio, en Filipos.
Luego los triunviros se repartieron el mundo: Octavio, Occidente; Antonio, Oriente, donde se unió a Cleopatra. Con su amigo y general Marco Vipsanio Agripa, Octavio derrotó a Sexto Pompeyo en Nauloco (36 a. C.), apartó a Lépido y libró una guerra de propaganda contra Antonio, presentado como un romano hechizado por una reina extranjera. El 2 de septiembre del 31 a. C., la flota de Agripa venció en Accio. Al año siguiente Antonio y Cleopatra se suicidaron en Alejandría y Egipto pasó a ser propiedad personal de Octavio.
La República «restaurada»
Con 32 años y todo el poder, Octavio hizo algo audaz: el 13 de enero del 27 a. C. anunció que devolvía el Estado al Senado y al pueblo. Tres días después, el agradecido Senado le otorgó el nombre de Augusto («venerable», «consagrado») y el gobierno de las provincias con legiones. Se presentó como princeps, el «primer ciudadano», y por eso su régimen se llama Principado.
En el 23 a. C. recibió la potestad tribunicia de por vida, que lo hacía inviolable y le daba derecho de veto, y un mando militar superior al de cualquier gobernador. En el 12 a. C. fue elegido pontífice máximo y en el 2 a. C. recibió el título de Padre de la Patria. Nunca se llamó rey ni dictador: tenía el poder de un monarca bajo la ropa de un magistrado republicano.
Dato curioso: el mes de agosto lleva su nombre. En el 8 a. C. el Senado rebautizó el mes Sextilis como Augustus porque en él Octavio había obtenido su primer consulado y conquistado Egipto.
Ladrillo y mármol
Suetonio le atribuye una frase: «Encontré una Roma de ladrillo y la dejo de mármol». Su obra de gobierno fue inmensa:
- Creó un ejército permanente de unas 28 legiones y un fondo para pagar a los veteranos (aerarium militare, 6 d. C.).
- Organizó la guardia pretoriana, los bomberos-policías (vigiles, unos 7.000 hombres) y el servicio de correos.
- Hizo censos del imperio: según su autobiografía, contó 4.063.000 ciudadanos en el 28 a. C. y 4.937.000 en el 14 d. C.
- Construyó o restauró decenas de templos (él mismo menciona 82 en un solo año), el Foro de Augusto y el Ara Pacis, el altar de la paz.
- Cerró tres veces las puertas del templo de Jano, señal de que Roma estaba en paz, algo que antes había ocurrido solo dos veces.
El final
Su gran problema fue la sucesión. Sobrevivió a casi todos sus herederos elegidos: su sobrino Marcelo, su amigo Agripa y sus nietos Cayo y Lucio. Finalmente adoptó a Tiberio, hijo de su esposa Livia. El desastre de Teutoburgo (9 d. C.) frenó para siempre la expansión hacia Germania.
Murió en Nola el 19 de agosto del 14 d. C., a los 75 años, tras 41 años de gobierno en solitario. Según Suetonio, preguntó a sus amigos si había representado bien la comedia de la vida, y pidió que lo aplaudieran. Fue enterrado en su gran mausoleo circular junto al Tíber, de unos 90 m de diámetro, y el Senado lo declaró dios. Su autobiografía política, las Res Gestae, se grabó en bronce y se copió en todo el imperio; la versión más completa sobrevive en las paredes de un templo de Ankara, en Turquía.
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