El Coliseo
El anfiteatro de 50.000 espectadores que se levantó en una década
Inaugurado en el 80 d. C. con 100 días de juegos, el Anfiteatro Flavio fue el mayor de su tiempo. Allí murieron gladiadores y miles de animales; hoy es el símbolo de Roma.
Un regalo político
El nombre oficial era Anfiteatro Flavio, por la dinastía que lo construyó. Tras la muerte de Nerón en el 68 d. C., el nuevo emperador Vespasiano quiso borrar su recuerdo. Nerón se había apropiado de buena parte del centro de Roma, arrasado por el incendio del 64, para construir su Domus Aurea, un palacio con jardines y un lago artificial. Vespasiano drenó ese lago y, hacia el 70–72 d. C., comenzó en su lugar un anfiteatro para el pueblo. El mensaje era claro: lo que el tirano había tomado para sí, los Flavios lo devolvían a Roma.
La obra se financió en buena parte con el botín del saqueo de Jerusalén (70 d. C.), y miles de prisioneros judíos trabajaron probablemente en las canteras. Vespasiano murió en el 79 sin verlo terminado. Su hijo Tito lo inauguró en el 80 d. C. con 100 días de juegos; según el historiador Dion Casio, murieron 9.000 animales. Su hermano Domiciano añadió el piso superior y los sótanos.
Cifras de un gigante
- Planta elíptica de unos 189 × 156 m, con un perímetro de unos 545 m.
- Altura de unos 48 m, en cuatro niveles: arcos con columnas dóricas, jónicas y corintias, y un ático con pilastras.
- 80 arcos de entrada en la planta baja, 76 de ellos numerados para el público, que tenía entradas con el número de su puerta.
- Capacidad estimada de 50.000 espectadores, aunque algunos cálculos llegan a 80.000.
- Construido con unos 100.000 m³ de travertino de Tívoli, unidos con unas 300 toneladas de grapas de hierro, además de toba, ladrillo y hormigón.
El público se distribuía según su rango social: el emperador y las vestales en el podio, los senadores en primera fila, luego los caballeros, los ciudadanos, y arriba de todo, en gradas de madera, los pobres y las mujeres. Un sistema de pasillos y escaleras (vomitoria) permitía, según los cálculos modernos, vaciar el edificio en pocos minutos.
La tecnología del espectáculo
Para proteger al público del sol, marineros de la flota de Miseno desplegaban el velarium, un enorme toldo sostenido por 240 mástiles colocados en el borde superior; todavía se ven los soportes de piedra. Bajo la arena de madera se construyó el hipogeo, un laberinto de túneles de dos niveles con jaulas, rampas y decenas de montacargas accionados por cabrestantes, que hacían aparecer animales y escenografías por trampillas, como por arte de magia.
Dato curioso: el nombre «Coliseo» no viene de su tamaño sino de una estatua: el Coloso de Nerón, un bronce de unos 30 m que se alzaba al lado. En la Edad Media el edificio empezó a llamarse Colosseum por esa vecindad.
Lo que se veía
Un día típico de juegos empezaba con las venationes, cacerías de animales exóticos traídos de África y Asia: leones, leopardos, osos, elefantes, hipopótamos. Al mediodía se ejecutaba a condenados, a veces arrojados a las fieras (damnatio ad bestias). Por la tarde llegaba el plato fuerte: los combates de gladiadores. En el 107 d. C., para celebrar su conquista de Dacia, Trajano ofreció 123 días de juegos en los que, según Dion Casio, participaron 10.000 gladiadores y murieron 11.000 animales. Las fuentes también mencionan que en los primeros años se inundó la arena para simular batallas navales (naumaquias), algo que los arqueólogos aún discuten.
Diecinueve siglos después
Los combates de gladiadores terminaron a comienzos del siglo V; las cacerías siguieron hasta el 523. Luego el edificio fue fortaleza de la familia Frangipani, taller, establo y, sobre todo, cantera: un terremoto en 1349 derrumbó parte del anillo exterior sur, y sus piedras se usaron durante siglos para construir palacios e iglesias, incluida la basílica de San Pedro. Los agujeros que salpican su fachada son las marcas de quienes arrancaron las grapas de hierro.
En 1749 el papa Benedicto XIV lo consagró a la memoria de los mártires cristianos, lo que detuvo el saqueo, aunque no hay pruebas firmes de que allí se ejecutara a cristianos. En 2007 fue elegido una de las siete nuevas maravillas del mundo, y hoy recibe millones de visitantes cada año. Cada Viernes Santo, el papa preside allí el Vía Crucis.
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