
Estoicismo
La filosofía de un esclavo, un millonario y un emperador
Nacido bajo un pórtico de Atenas hacia el 300 a. C., el estoicismo enseñó a distinguir lo que depende de nosotros de lo que no. Veintitrés siglos después, vuelve a estar de moda.
Un naufragio y un pórtico
Según cuenta Diógenes Laercio, Zenón de Citio, un comerciante de Chipre, naufragó cerca de Atenas con un cargamento de púrpura. En la ciudad entró en una librería, leyó sobre Sócrates y preguntó dónde podía encontrar a hombres como ese. Así comenzó a estudiar filosofía. Hacia el año 300 a. C. empezó a enseñar en la Stoa Poikile, el «pórtico pintado» del ágora de Atenas. De stoa («pórtico») viene el nombre de su escuela: el estoicismo.
Sus sucesores, Cleantes y sobre todo Crisipo, desarrollaron un sistema completo que abarcaba lógica, física y ética. Para los estoicos el universo está ordenado por una razón divina, el logos, y vivir bien es vivir de acuerdo con la naturaleza, es decir, de acuerdo con la razón.
Lo que depende de nosotros
La idea más célebre del estoicismo es la distinción entre lo que está bajo nuestro control y lo que no. Nuestras opiniones, decisiones y actos dependen de nosotros; el cuerpo, la riqueza, la fama o lo que hagan los demás, no. La perturbación, decían, no viene de las cosas sino de nuestros juicios sobre ellas.
De ahí derivan otras enseñanzas:
- La virtud —sabiduría, justicia, coraje y templanza— es el único bien verdadero.
- Las emociones destructivas, como la ira o el miedo excesivo, nacen de juicios equivocados y pueden corregirse.
- Todos los seres humanos comparten la razón, por lo que somos ciudadanos del mundo (cosmopolitas).
- Meditar sobre la muerte y la adversidad nos prepara para enfrentarlas con serenidad.
Los estoicos de Roma
El estoicismo encontró en Roma su época dorada, y de ese periodo provienen los textos que mejor conservamos. Séneca (c. 4 a. C. – 65 d. C.), filósofo, dramaturgo y uno de los hombres más ricos de su tiempo, fue tutor y consejero de Nerón; escribió las Cartas a Lucilio y tratados sobre la brevedad de la vida y la ira. Acusado de conspirar, el emperador le ordenó suicidarse, y lo hizo con la calma que había predicado.
Epicteto (c. 50–135) nació esclavo en Frigia. Ya libre, enseñó en Nicópolis, en Grecia; su discípulo Arriano recogió sus lecciones en las Disertaciones y en el breve Enquiridión o «manual». Y Marco Aurelio (121–180), emperador de Roma, escribió en griego, durante las campañas militares a orillas del Danubio, unas notas personales que nunca pensó publicar: las Meditaciones, uno de los libros de filosofía más leídos de la historia.
Dato curioso: Las Meditaciones de Marco Aurelio se titulan en griego Ta eis heautón, que significa «Para sí mismo». El hombre más poderoso del mundo las escribió para recordarse cada día que debía ser humilde, justo y paciente.
Un legado que vuelve
El estoicismo influyó en el derecho romano, en la idea de una ley natural común a todos los seres humanos y en varios pensadores cristianos, que admiraban a Séneca. En el Renacimiento lo recuperaron humanistas como Justo Lipsio, y Montaigne lo citó constantemente.
En el siglo XX, los psicólogos Albert Ellis y Aaron Beck reconocieron su deuda con Epicteto al desarrollar las terapias cognitivas: la idea de que no nos perturban los hechos sino nuestra interpretación de ellos es casi una cita literal. El piloto estadounidense James Stockdale contó que el Enquiridión lo ayudó a sobrevivir siete años como prisionero de guerra en Vietnam. Hoy, libros, pódcasts y redes sociales lo han convertido en una de las filosofías antiguas más populares del siglo XXI.
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