
La caída de Roma
Cómo se apagó el imperio de Occidente, y por qué Oriente siguió mil años más
En el 476, el jefe germano Odoacro depuso al último emperador de Occidente sin derramar sangre. Fue el final de un largo proceso de crisis, invasiones y división; en Oriente, Roma siguió hasta 1453.
Un final sin estruendo
El 4 de septiembre del 476, en Rávena, el general germano Odoacro depuso al emperador Rómulo Augústulo, un muchacho de unos 16 años, y lo envió a vivir con una pensión a una villa de Campania. Odoacro no se proclamó emperador: envió las insignias imperiales a Constantinopla, al emperador Zenón, como diciendo que Occidente ya no necesitaba uno. Muchos contemporáneos apenas lo notaron. Solo después esa fecha se convirtió en el símbolo del fin del mundo antiguo y el comienzo de la Edad Media.
Las grietas del siglo III
La caída fue un proceso de casi dos siglos. Entre el 235 y el 284 el imperio vivió la crisis del siglo III: más de 20 emperadores, guerras civiles constantes, invasiones de godos y persas, epidemias y una inflación descontrolada; el denario de plata llegó a tener apenas un pequeño porcentaje del metal. Diocleciano y Constantino salvaron el sistema con reformas drásticas: más ejército, más burocracia, más impuestos, campesinos atados a la tierra y una nueva capital en Constantinopla (330). Pero el centro de gravedad del imperio se desplazó hacia el Oriente, más rico y poblado.
En el 395, a la muerte de Teodosio I, el imperio quedó dividido definitivamente entre sus hijos: Arcadio en Oriente y Honorio, de 10 años, en Occidente. La capital occidental se trasladó en el 402 a Rávena, protegida por pantanos.
Las grandes invasiones
El detonante externo vino de las estepas. Hacia el 376, empujados por los hunos, decenas de miles de godos pidieron cruzar el Danubio. Maltratados por los funcionarios romanos, se rebelaron, y el 9 de agosto del 378 aniquilaron al ejército de Oriente en Adrianópolis; murió el propio emperador Valente y, según el historiador Amiano Marcelino, unos dos tercios de sus tropas.
Siguieron golpes cada vez más profundos:
- 31 de diciembre del 406: vándalos, alanos y suevos cruzan el Rin y se dispersan por la Galia e Hispania.
- 24 de agosto del 410: los visigodos de Alarico saquean Roma, la primera vez que un enemigo extranjero la tomaba desde los galos, unos 800 años antes. San Jerónimo escribió desde Belén: «La ciudad que había conquistado el mundo es conquistada».
- 439: los vándalos de Genserico toman Cartago, la provincia más rica de Occidente y su granero.
- 451: el general Aecio, con aliados visigodos, frena a Atila en los Campos Cataláunicos. Al año siguiente el papa León I se reúne con Atila en el norte de Italia, y el huno se retira.
- 455: los vándalos saquean Roma durante 14 días.
En los últimos veinte años Occidente tuvo nueve emperadores, casi todos títeres de generales germanos como Ricimero.
¿Por qué cayó?
Es una de las grandes preguntas de la historia. Edward Gibbon, en su Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (6 volúmenes, 1776–1789), culpó en parte al cristianismo y a la pérdida de la virtud cívica. En 1984, el historiador alemán Alexander Demandt reunió 210 causas propuestas por distintos autores, desde el plomo en las cañerías hasta la decadencia moral.
Dato curioso: la teoría del envenenamiento masivo por plomo es popular pero carece de apoyo sólido: el agua dura de Roma formaba depósitos calcáreos que aislaban las tuberías, y los romanos de Oriente usaban las mismas técnicas y su imperio no cayó.
Hoy los historiadores suelen combinar varios factores: la presión externa de pueblos germánicos y hunos, la pérdida de las provincias fiscales (sobre todo África), las guerras civiles que debilitaban el ejército, la dependencia de tropas bárbaras, epidemias y cambios climáticos, y un Occidente más pobre que Oriente. Algunos, como Peter Brown, prefieren hablar de una transformación antes que de una caída: los reinos germánicos conservaron el latín, el derecho romano y la Iglesia.
El imperio que no cayó
La ciudad de Roma sí se hundió: de cerca de un millón de habitantes en el siglo II pasó a unas pocas decenas de miles en el siglo VI. Pero el imperio de Oriente, que llamamos bizantino aunque sus habitantes se llamaban a sí mismos romanos, sobrevivió casi mil años más. Justiniano reconquistó Italia y el norte de África en el siglo VI. Su fin llegó el 29 de mayo de 1453, cuando el sultán otomano Mehmed II tomó Constantinopla y el último emperador, Constantino XI Paleólogo, murió combatiendo en las murallas. Solo entonces se apagó, de verdad, el Imperio romano.
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