Cristóbal Colón
El navegante que se equivocó de continente y cambió el mundo
Buscaba Asia navegando hacia el oeste y tropezó con un continente que Europa desconocía. Su viaje de 1492 unió para siempre dos mitades del planeta.
El genovés de los mares
Cristóbal Colón nació hacia 1451 en la República de Génova, hijo de Domenico Colombo, un tejedor de lana, y de Susanna Fontanarossa. Desde muy joven se embarcó en viajes comerciales por el Mediterráneo. En 1476 sobrevivió al hundimiento de su barco frente a la costa de Portugal, durante un combate naval, y llegó a nado a tierra. Se instaló en Lisboa, entonces la capital mundial de la navegación, donde trabajó con su hermano Bartolomé como cartógrafo y viajó hasta Madeira, Guinea y, según él mismo, Inglaterra e Islandia.
Allí se casó con Filipa Moniz Perestrelo, hija del primer capitán de la isla de Porto Santo, con quien tuvo a su hijo Diego. En esos años concibió su gran proyecto: llegar a Asia navegando hacia el oeste.
Un error fecundo
Contra un mito muy extendido, los sabios de su época sabían que la Tierra era redonda. El problema era su tamaño. Colón, apoyándose en cálculos de Ptolomeo, del cartógrafo Toscanelli y en las descripciones de Marco Polo —cuyo libro anotó a mano—, redujo drásticamente la circunferencia del planeta y estimó que Japón estaba a unas 2.400 millas náuticas de las Canarias. La distancia real supera las 10.000. Los expertos de Juan II de Portugal rechazaron su propuesta con razón: los números no cerraban.
Colón se trasladó a Castilla en 1485. Tras años de rechazos, y con la caída de Granada en enero de 1492, los Reyes Católicos aceptaron. El 17 de abril firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, que le prometían el título de almirante, el virreinato de las tierras que descubriera y la décima parte de sus riquezas.
1492
El 3 de agosto de 1492 zarpó del puerto de Palos de la Frontera con tres naves: la nao Santa María y las carabelas Pinta y Niña, con unos 90 hombres. Tras hacer escala en las Canarias, se internó en el Atlántico. Para calmar a la tripulación, llevaba según su diario una cuenta de distancias menor que la real. A principios de octubre hubo amenazas de motín. En la madrugada del 12 de octubre, el marinero Rodrigo de Triana, desde la Pinta, gritó «¡Tierra!».
Desembarcaron en una isla de las Bahamas que los taínos llamaban Guanahaní y Colón bautizó San Salvador. Luego exploró Cuba y La Española. En Nochebuena la Santa María encalló; con sus restos construyó el fuerte de La Navidad, el primer asentamiento europeo en América, y regresó a España, donde fue recibido en triunfo en 1493.
Dato curioso: Varado en Jamaica durante su cuarto viaje, en 1504, Colón usó sus tablas astronómicas para anunciar a los taínos que su dios oscurecería la Luna si no le daban alimentos. El eclipse lunar del 29 de febrero ocurrió puntualmente y los víveres llegaron.
Gloria y caída
Hizo tres viajes más. En el segundo (1493–1496), con 17 naves y unos 1.200 hombres, fundó La Isabela en La Española. En el tercero (1498) tocó por primera vez tierra continental, en la península de Paria, en la actual Venezuela. Pero como gobernante fue un desastre: impuso trabajos forzados y tributos brutales a los taínos, cuya población se desplomó, y enfrentó rebeliones de los propios colonos. En 1500 el enviado real Francisco de Bobadilla lo arrestó y lo envió a España encadenado.
Los reyes lo liberaron, pero no le devolvieron el gobierno. Tras un cuarto viaje por las costas de Centroamérica (1502–1504), murió en Valladolid el 20 de mayo de 1506, convencido de haber llegado a Asia. Sus restos viajaron entre España y el Caribe; un análisis de ADN de 2006 confirmó que al menos parte de ellos reposan en la catedral de Sevilla. Su viaje inauguró el intercambio colombino de plantas, animales, personas y enfermedades, y abrió una era de conquista que transformaría para siempre a los pueblos de América.
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