
Sócrates
El tábano de Atenas
No escribió una sola línea, pero sus preguntas incómodas fundaron la filosofía occidental. Atenas lo condenó a beber cicuta, y él prefirió morir antes que callar.
El hijo de la partera
Sócrates nació hacia el 470 o 469 a. C. en Atenas, en el demo de Alopece, en plena edad de oro de la ciudad. Su padre, Sofronisco, era cantero o escultor; su madre, Fenárete, partera. Él mismo diría más tarde que practicaba el oficio de su madre, pero con almas: no enseñaba nada, sino que ayudaba a los demás a dar a luz las ideas que llevaban dentro. A ese método de preguntas lo llamó mayéutica, el arte de la partera.
Era famoso por su fealdad —nariz chata, ojos saltones, barriga prominente—, por andar descalzo en invierno y por su resistencia física. Sirvió como hoplita, un soldado de infantería pesada, en las campañas de Potidea, Delio y Anfípolis durante la guerra del Peloponeso. En Potidea salvó la vida del joven Alcibíades, que más tarde contaría su valentía en la retirada de Delio.
El oráculo y las preguntas
Su amigo Querefonte preguntó un día al oráculo de Delfos si había alguien más sabio que Sócrates. La respuesta fue que no. Desconcertado, Sócrates se dedicó a interrogar a políticos, poetas y artesanos que pasaban por sabios. Descubrió que todos creían saber cosas que no sabían. Él, al menos, era consciente de su ignorancia. De ahí nace la célebre idea resumida en la frase «solo sé que no sé nada», que es una paráfrasis de lo que cuenta Platón en la Apología.
En el ágora, en los gimnasios y en las casas de sus amigos, preguntaba: ¿qué es la justicia?, ¿qué es la valentía?, ¿qué es la virtud? Con sus preguntas encadenadas, la ironía socrática, conducía a su interlocutor a contradecirse. Para él, la virtud era una forma de conocimiento: nadie hace el mal a sabiendas. Se describía como un tábano enviado por los dioses para picar a Atenas, un caballo noble pero perezoso. También decía escuchar una voz interior, su daimonion, que le advertía cuando estaba por equivocarse.
Dato curioso: En el año 423 a. C., cuando Sócrates aún vivía, el comediógrafo Aristófanes lo ridiculizó en Las nubes como un sofista que flotaba en una canasta y enseñaba a ganar discusiones con trampas. Según la tradición, Sócrates se puso de pie en el teatro para que el público comparara.
El juicio
Tras la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso y el sangriento gobierno de los Treinta Tiranos —entre los que figuraba Critias, antiguo allegado suyo—, la democracia restaurada miraba con recelo a aquel hombre que cuestionaba todo. En el 399 a. C., Meleto, Ánito y Licón lo acusaron de no reconocer a los dioses de la ciudad, introducir divinidades nuevas y corromper a la juventud.
Ante un jurado de 501 ciudadanos, Sócrates se negó a suplicar. Fue declarado culpable por una diferencia de unos sesenta votos. Cuando le tocó proponer su propia pena, sugirió con ironía que la ciudad lo mantuviera gratis en el Pritaneo, como a los campeones olímpicos. La pena de muerte se aprobó por un margen mayor.
La muerte de un filósofo
La ejecución se demoró unos treinta días porque una nave sagrada había partido hacia Delos y durante su viaje no podía ejecutarse a nadie. Su amigo Critón organizó una fuga, pero Sócrates la rechazó: había vivido toda su vida bajo las leyes de Atenas y no las violaría ahora. Según el Fedón de Platón, pasó su último día discutiendo la inmortalidad del alma, bebió la cicuta con serenidad y sus últimas palabras fueron: «Critón, le debemos un gallo a Asclepio».
Como no dejó escritos, lo conocemos por Platón, Jenofonte y Aristófanes, que ofrecen retratos distintos: es el llamado problema socrático. Pero su ejemplo dividió la historia del pensamiento en un antes y un después: a los filósofos anteriores se los llama, precisamente, presocráticos.
Galería
¿Por qué Sócrates llamó mayéutica a su método?
Conexiones
Seguí el hilo
Filosofía griega
Cuando los griegos dejaron de preguntar a los dioses y empezaron a preguntarse
Aristóteles
El maestro de los que saben
Antigua Grecia
Ciudades de mármol que inventaron la democracia
Estoicismo
La filosofía de un esclavo, un millonario y un emperador
Antigüedad clásica
Grecia y Roma, los cimientos de Occidente
Confucio
El maestro que modeló el alma de China
Pitágoras
El sabio de Samos que vio números en todas las cosas