
Mitología egipcia
El sol que muere cada noche y el dios que venció a la muerte
Durante tres mil años los egipcios explicaron el universo con dioses de cabeza animal, un sol que navega bajo el mundo y un juicio en el que el corazón se pesaba contra una pluma.
Un orden que hay que defender
Para los antiguos egipcios, el universo era un equilibrio frágil. A ese orden cósmico, que incluía la justicia, la verdad y el ciclo regular de la naturaleza, lo llamaban Maat, y lo representaban como una diosa con una pluma de avestruz en la cabeza. Frente a él acechaba siempre el caos, las aguas oscuras y desordenadas del principio. La tarea de los dioses, del faraón y de cada persona era mantener Maat vivo.
No existía un relato único de la creación. Cada gran centro religioso tenía el suyo. En Heliópolis se contaba que el dios Atum surgió de las aguas primordiales del Nun sobre una colina y engendró a Shu (el aire) y Tefnut (la humedad), padres de Geb (la tierra) y Nut (el cielo). De ellos nacieron Osiris, Isis, Set y Neftis: juntos formaban la Enéada, los nueve dioses. En Menfis, en cambio, el creador era Ptah, que hizo el mundo pronunciando su nombre, y en Hermópolis se hablaba de ocho divinidades primordiales.
El viaje del sol
El dios más poderoso era el sol, Ra. Cada día cruzaba el cielo en una barca y cada noche descendía al inframundo, la Duat, donde debía atravesar doce horas de peligros. Allí lo esperaba la gigantesca serpiente Apofis, encarnación del caos, que intentaba devorarlo. Si Ra no triunfaba, el sol no saldría. Cada amanecer era, por tanto, una victoria sobre la destrucción.
Con los siglos, Ra se fusionó con otros dioses. En Tebas, el dios local Amón se convirtió en Amón-Ra, rey de los dioses, cuyo templo de Karnak llegó a ser uno de los complejos religiosos más grandes de la Antigüedad. Hubo un paréntesis notable: el faraón Akenatón (siglo XIV a. C.) impuso el culto casi exclusivo al disco solar, Atón, una revolución religiosa que fue borrada tras su muerte.
Osiris, Isis y Horus
El mito más importante cuenta que Osiris, rey bueno de Egipto, fue asesinado por su envidioso hermano Set, que despedazó su cuerpo y lo dispersó (la versión más completa que conservamos fue escrita por el griego Plutarco). Su esposa Isis recorrió el país recogiendo los pedazos y, con ayuda de Anubis, recompuso el cuerpo: fue la primera momia. Con su magia, Isis devolvió la vida a Osiris el tiempo suficiente para concebir a Horus, el dios halcón, que luchó contra Set y recuperó el trono. Osiris pasó a reinar sobre los muertos. Cada faraón vivo era un Horus; cada faraón muerto, un Osiris.
El juicio del corazón
La muerte no era el final. Según el Libro de los Muertos, el difunto llegaba a la sala de las dos verdades, donde Anubis, el dios con cabeza de chacal, pesaba su corazón en una balanza frente a la pluma de Maat, mientras Thot, el dios escriba con cabeza de ibis, anotaba el resultado. Si el corazón, cargado de malas acciones, pesaba más que la pluma, lo devoraba Ammit, un monstruo con partes de cocodrilo, león e hipopótamo. Si estaba en equilibrio, el difunto pasaba a los Campos de Juncos, un Egipto ideal y eterno.
Dato curioso: Los textos religiosos más antiguos del mundo son los Textos de las Pirámides, grabados hacia el 2350 a. C. en las paredes de la cámara funeraria del faraón Unas, en Saqqara.
El culto de Isis se extendió por todo el Imperio romano, y el último templo egipcio en funcionamiento, el de Isis en Filae, fue cerrado en el siglo VI por orden del emperador bizantino Justiniano.
Galería
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