Imperio persa
El primer imperio que gobernó tres continentes
Fundado por Ciro el Grande hacia el 550 a. C., el Imperio aqueménida se extendió del Egeo al Indo y gobernó a decenas de pueblos con tolerancia, caminos y burocracia.
Ciro, el fundador
Hacia el 550 a. C., Ciro II, rey de una pequeña región llamada Persis, en el sudoeste del actual Irán, derrotó a su señor, el rey medo Astiages. En apenas veinte años construyó el imperio más grande que el mundo había conocido: conquistó Lidia, el reino del legendario rico Creso, hacia el 547 a. C.; las ciudades griegas de Jonia; y en el 539 a. C. entró en Babilonia casi sin combatir.
Ciro se presentó como libertador, respetó los dioses locales y permitió a los pueblos deportados regresar a sus tierras, incluidos los judíos, que pudieron reconstruir el templo de Jerusalén. El Cilindro de Ciro, conservado en el Museo Británico, proclama esa política y a veces se presenta, con cierta exageración moderna, como una antigua carta de derechos. Su hijo Cambises II añadió Egipto en el 525 a. C.
Darío y la maquinaria del imperio
Darío I (522–486 a. C.) fue el gran organizador. Dividió el imperio en unas veinte provincias, las satrapías, gobernadas por sátrapas vigilados por inspectores llamados «los ojos y oídos del rey». Unificó pesos y medidas, acuñó el dárico de oro y construyó el Camino Real, de unos 2.700 kilómetros entre Sardes y Susa, con postas donde mensajeros a caballo se relevaban. En el mejor momento, el imperio abarcó unos 5,5 millones de km², desde Libia y los Balcanes hasta el valle del Indo.
Dato curioso: Heródoto escribió sobre los mensajeros persas que «ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la oscuridad» les impedían cumplir su recorrido. La frase está grabada hoy en la fachada de la oficina central de correos de Nueva York.
Darío ordenó tallar en el acantilado de Behistún una inscripción en tres lenguas —persa antiguo, elamita y babilonio— que en el siglo XIX resultó clave para descifrar la escritura cuneiforme. También inició la construcción de Persépolis, capital ceremonial donde delegaciones de todo el imperio, esculpidas en los relieves de la escalinata de la Apadana, llevaban sus tributos al rey de reyes.
Religión y tolerancia
Los reyes aqueménidas veneraban a Ahura Mazda, el dios supremo del zoroastrismo, una religión que concebía el mundo como una lucha entre la verdad y la mentira, el bien y el mal. Sin embargo, no impusieron su fe: el imperio funcionaba gracias a la cooperación de élites locales, y en él convivían egipcios, babilonios, judíos, griegos, indios y escitas. El arameo se usaba como lengua administrativa común.
Las guerras con Grecia y la caída
La revuelta de las ciudades jonias llevó a Darío y a su hijo Jerjes a invadir Grecia, con las derrotas de Maratón (490 a. C.), Salamina (480 a. C.) y Platea (479 a. C.). El imperio siguió siendo enorme durante siglo y medio, pero las intrigas palaciegas lo debilitaron. Alejandro Magno derrotó a Darío III en Issos (333 a. C.) y en Gaugamela (331 a. C.), y en el 330 a. C. Persépolis fue incendiada.
Persia renacería luego con los partos y, desde el 224 d. C., con los sasánidas, grandes rivales de Roma y Bizancio hasta la conquista árabe del siglo VII.
Galería
¿Cuál era la función de las satrapías?
Conexiones
Seguí el hilo
Mesopotamia
La tierra entre dos ríos, cuna de la ciudad y la escritura
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El rey que nunca perdió una batalla
Antigua Grecia
Ciudades de mármol que inventaron la democracia
La Ruta de la Seda
Miles de kilómetros que unieron Oriente y Occidente
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Tres mil años de faraones a orillas del Nilo
Imperio bizantino
Mil años de Roma en Oriente
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Jinetes de la estepa que unieron Eurasia