Batalla de las Termópilas
Trescientos espartanos frente al rey de reyes
En el verano del 480 a. C., una pequeña fuerza griega dirigida por el rey Leónidas contuvo durante tres días al ejército persa de Jerjes en un estrecho desfiladero.
La venganza de Jerjes
Diez años después de la derrota persa en Maratón (490 a. C.), el rey Jerjes I, hijo de Darío, preparó la mayor invasión que el mundo griego había visto. Mandó tender puentes de barcos sobre el Helesponto y excavar un canal en la península del monte Athos para evitar naufragios. Heródoto habla de millones de soldados; los historiadores modernos estiman un ejército de entre 100.000 y 300.000 hombres, enorme para la época, acompañado por una gran flota.
Frente a él, las ciudades griegas, divididas y rivales, formaron una liga dirigida por Esparta y Atenas. Decidieron frenar a los persas en un punto donde su número no sirviera: el paso de las Termópilas, las «puertas calientes», llamadas así por sus aguas termales. En aquel tiempo era una franja estrecha entre las montañas y el mar; en algunos puntos medía apenas unos metros de ancho. Al mismo tiempo, la flota griega bloqueaba el estrecho de Artemisio.
Tres días en la puerta caliente
El rey espartano Leónidas llegó con 300 hoplitas de su guardia, elegidos entre hombres que tuvieran hijos vivos, y unos 7.000 aliados de otras ciudades. Esparta celebraba las fiestas Carneas y los Juegos Olímpicos estaban en curso, por lo que el grueso de su ejército no había partido.
Durante dos días, las falanges griegas, con sus grandes escudos y lanzas, se turnaron para rechazar oleada tras oleada, incluso a los Inmortales, la guardia de élite persa. Heródoto cuenta que, al oír que las flechas persas taparían el sol, el espartano Dieneces respondió: «Mejor, así lucharemos a la sombra».
La traición de Efialtes
Un pastor local, Efialtes, reveló a Jerjes un sendero de montaña, el de Anopea, que permitía rodear el paso. Los focenses que lo vigilaban fueron desplazados y, al tercer día, los griegos supieron que serían cercados. Leónidas despidió a la mayor parte de los aliados y se quedó con sus 300 espartanos, unos 700 tespios que se negaron a partir y unos 400 tebanos. Combatieron hasta morir; Leónidas cayó, y los últimos defensores resistieron en una pequeña colina con lanzas rotas, espadas y, según Heródoto, con las manos y los dientes.
Dato curioso: Según Plutarco, cuando Jerjes exigió a los espartanos entregar sus armas, Leónidas respondió Molòn labé: «Ven a tomarlas». La frase sigue grabada en escudos militares de varios países.
Derrota militar, victoria moral
Los persas avanzaron y quemaron Atenas, evacuada por orden de Temístocles. Pero las Termópilas habían comprado tiempo y, sobre todo, habían dado a los griegos un símbolo. En septiembre del 480 a. C., la flota griega destruyó a la persa en Salamina, y en el 479 a. C. el ejército griego venció en Platea. La invasión había fracasado.
El poeta Simónides compuso el epitafio para los caídos: «Extranjero, ve a decir a los espartanos que aquí yacemos, obedientes a sus leyes». Hoy, un monumento con la estatua de Leónidas recuerda el lugar, aunque los sedimentos han alejado la costa varios kilómetros del antiguo paso.
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