La Carta Magna
El día en que un rey quedó bajo la ley
En 1215, barones rebeldes obligaron al rey Juan de Inglaterra a sellar un documento que limitaba su poder. Fue un fracaso inmediato y, a la vez, una semilla de las libertades modernas.
Un rey impopular
Juan sin Tierra, rey de Inglaterra desde 1199, había perdido en 1204 el ducado de Normandía y buena parte de las posesiones de su familia en Francia. Para financiar sus intentos de recuperarlas, exprimió a la nobleza con impuestos extraordinarios, multas y pagos feudales cada vez más altos. Además, se enfrentó con el papa Inocencio III, que puso a Inglaterra en entredicho y excomulgó al rey. La derrota definitiva llegó en la batalla de Bouvines en 1214, donde cayeron sus aliados frente al rey Felipe II de Francia.
Humillado y sin dinero, Juan se enfrentó a la rebelión de un grupo de barones, que en mayo de 1215 tomaron Londres.
Runnymede, junio de 1215
Las negociaciones se realizaron en Runnymede, una pradera junto al río Támesis, entre el castillo real de Windsor y el campamento rebelde. El 15 de junio de 1215 el rey selló el documento —no lo firmó: el sello real era la forma de validarlo—. En latín se lo llamó Magna Carta Libertatum, la Gran Carta de las Libertades. Tenía 63 cláusulas, muchas de ellas sobre asuntos feudales muy concretos: herencias, viudas, deudas, bosques reales o incluso la eliminación de presas de pesca en el Támesis.
Entre ellas había ideas destinadas a perdurar:
- La cláusula 39: ningún hombre libre sería arrestado, encarcelado, desposeído o exiliado salvo por juicio legal de sus pares o por la ley del país.
- La cláusula 40: el rey no vendería, negaría ni retrasaría la justicia a nadie.
- La cláusula 12: ciertos tributos extraordinarios no se cobrarían sin el consejo común del reino.
- La cláusula 61 creaba un consejo de 25 barones que podía vigilar al rey e incluso actuar contra él si incumplía.
Un fracaso que sobrevivió
La paz duró unas semanas. Juan pidió ayuda al papa, quien en agosto de 1215 declaró la Carta nula por haber sido arrancada por la fuerza. Estalló la Primera Guerra de los Barones, y los rebeldes llegaron a ofrecer la corona al príncipe Luis de Francia. Pero Juan murió en octubre de 1216, y los consejeros de su hijo de nueve años, Enrique III, reeditaron la Carta en versiones revisadas en 1216, 1217 y 1225 para ganarse a los nobles. En 1297, Eduardo I la incorporó a la legislación inglesa.
Dato curioso: de la versión de 1215 sobreviven solo cuatro ejemplares originales: dos en la Biblioteca Británica, uno en la catedral de Lincoln y otro en la de Salisbury.
Del pergamino al mito
Durante siglos la Carta fue casi olvidada, hasta que en el siglo XVII el jurista Edward Coke la invocó contra el absolutismo de los Estuardo. Se convirtió en el símbolo de que el rey está sometido a la ley. Sus ecos aparecen en el Bill of Rights inglés de 1689, en la Declaración de Independencia y la Constitución de Estados Unidos —cuya quinta enmienda garantiza el debido proceso—, y en la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948, que Eleanor Roosevelt llamó una Carta Magna internacional.
Lo que queda vigente
Hoy solo tres cláusulas siguen formalmente en vigor en la ley inglesa, entre ellas la que protege las libertades de la Iglesia, la que confirma los privilegios de Londres y la del juicio legal y la justicia. Pero su principio central —que nadie, ni siquiera el gobernante, está por encima de la ley— es la base del Estado de derecho en las democracias modernas.
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