Sistema inmunológico

El ejército que nos defiende sin descanso

Células, anticuerpos y órganos trabajan juntos para reconocer y destruir invasores. Recuerdan a cada enemigo, y en esa memoria se basan las vacunas.

Una defensa en capas

Cada día el cuerpo enfrenta millones de bacterias, virus, hongos y parásitos. Lo protege el sistema inmunológico, una red de órganos, células y moléculas que funciona en varias capas:

  • Barreras físicas: la piel, las mucosas, las lágrimas y la acidez del estómago impiden la entrada de la mayoría de los microbios.
  • Inmunidad innata: una respuesta rápida y general. Glóbulos blancos como los neutrófilos y los macrófagos devoran a los invasores, y la inflamación —calor, enrojecimiento e hinchazón— atrae refuerzos.
  • Inmunidad adaptativa: más lenta, pero precisa y con memoria. Sus protagonistas son los linfocitos B, que fabrican anticuerpos, y los linfocitos T, que coordinan la defensa y destruyen células infectadas.

Una persona sana tiene entre unos 4.000 y 11.000 glóbulos blancos por microlitro de sangre. Se forman en la médula ósea; los linfocitos T maduran en el timo, una glándula del pecho, y el bazo y los ganglios linfáticos funcionan como cuarteles donde se encuentran con los invasores.

Comedores de células

En 1882, en Mesina, Italia, el zoólogo ruso Iliá Méchnikov clavó una espina de rosal en una larva transparente de estrella de mar. Al día siguiente vio células móviles rodeando la espina e intentando devorarla. Así descubrió la fagocitosis. Casi al mismo tiempo, Emil von Behring y Shibasaburo Kitasato mostraron en 1890 que la sangre de animales inmunizados contenía «antitoxinas» capaces de proteger a otros: eran los anticuerpos. Méchnikov compartió el Nobel de 1908 con Paul Ehrlich.

La memoria inmunitaria

Ya en el año 430 a. C., el historiador griego Tucídides observó durante la peste de Atenas que quienes sobrevivían no volvían a enfermar. Esa memoria es la base de las vacunas. En 1796, el médico inglés Edward Jenner inoculó a un niño, James Phipps, con material de la viruela bovina y comprobó que quedaba protegido contra la viruela humana. En 1885 Louis Pasteur aplicó la vacuna antirrábica a Joseph Meister, un niño mordido por un perro.

En 1957, Frank Macfarlane Burnet explicó cómo funciona la memoria con su teoría de la selección clonal: cada linfocito reconoce un solo tipo de molécula; cuando la encuentra, se multiplica en un ejército de clones y algunos quedan como células de memoria durante años. En 1976, Susumu Tonegawa descubrió cómo, recombinando segmentos de genes, el cuerpo puede fabricar miles de millones de anticuerpos distintos con un número limitado de genes.

Dato curioso: las vacunas de ARN mensajero contra la COVID-19, aplicadas desde diciembre de 2020, se basaron en décadas de trabajo de Katalin Karikó y Drew Weissman, premiados con el Nobel de Medicina en 2023.

Cuando el sistema falla

Un sistema inmune demasiado débil deja el cuerpo expuesto, como ocurre con el VIH, que destruye linfocitos T. Uno demasiado agresivo ataca lo propio: son las enfermedades autoinmunes, como la diabetes tipo 1 o la artritis reumatoide, o las alergias, respuestas exageradas a sustancias inofensivas como el polen. El Nobel de Medicina de 2025 premió a Mary Brunkow, Fred Ramsdell y Shimon Sakaguchi por descubrir los linfocitos T reguladores, los «guardias» que impiden que el sistema inmune ataque al propio cuerpo.

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¿Qué descubrió Méchnikov con una espina en una larva de estrella de mar?