
El cráneo
La caja fuerte del cerebro
Formado por 22 huesos encajados como un rompecabezas, protege el cerebro y da forma al rostro. Solo la mandíbula se mueve libremente.
Un rompecabezas de 22 piezas
El cráneo humano parece un solo hueso, pero está formado por 22 huesos unidos con enorme precisión. Se dividen en dos grupos:
- Neurocráneo, 8 huesos que forman la bóveda que rodea al cerebro: frontal, occipital, esfenoides, etmoides y los pares de parietales y temporales.
- Viscerocráneo o esqueleto facial, 14 huesos que dan forma a la cara: maxilares, nasales, cigomáticos o pómulos, lagrimales, palatinos, cornetes inferiores, vómer y la mandíbula.
Si se cuentan los seis huesecillos del oído y el hioides, la cifra sube a 29. La mandíbula es el único hueso del cráneo que se mueve de manera visible, gracias a la articulación temporomandibular, una de las que más trabajan en el cuerpo al hablar y masticar.
Los huesos de la bóveda están unidos por suturas, líneas dentadas que encajan como piezas de un rompecabezas. Las principales son la coronal, la sagital, la lambdoidea y la escamosa. En la base del cráneo se abre el agujero magno, el gran orificio por donde la médula espinal se conecta con el encéfalo.
Fontanelas: el cráneo flexible del bebé
Al nacer, los huesos de la bóveda aún no están soldados. Entre ellos quedan zonas blandas cubiertas por membranas, las fontanelas. Permiten que la cabeza se comprima levemente durante el parto y que el cerebro, que se duplica en tamaño durante el primer año, tenga espacio para crecer. La fontanela posterior se cierra hacia los 2 a 3 meses y la anterior, la «mollera», hacia los 18 a 24 meses.
Dato curioso: el cráneo adulto mide en promedio entre 6 y 7 milímetros de espesor en la bóveda, y la capacidad craneal ronda los 1.350 cm³, unas tres veces la de un chimpancé.
Una larga historia de curiosidad
El cráneo fascinó a los humanos desde muy temprano. En muchos yacimientos neolíticos de Europa y en el antiguo Perú se hallaron cráneos con agujeros perforados a propósito: es la trepanación, una de las cirugías más antiguas conocidas, con ejemplos de más de 7.000 años. En 1867 el francés Paul Broca examinó un cráneo inca traído por el diplomático Ephraim Squier y demostró que el paciente había sobrevivido a la operación, porque el hueso mostraba signos de cicatrización. Estudios posteriores indican que en tiempos incas la mayoría de los pacientes sobrevivía.
En 1784, el poeta y naturalista Johann Wolfgang von Goethe describió en humanos el hueso intermaxilar, una pieza que se creía exclusiva de otros animales, un argumento a favor del parentesco entre especies. A comienzos del siglo XIX, Franz Joseph Gall popularizó la frenología, que pretendía leer la personalidad en los bultos del cráneo: una pseudociencia, pero que difundió la idea correcta de que distintas zonas del cerebro tienen funciones distintas.
Ventana a nuestro pasado
Los cráneos fósiles cuentan la historia de la evolución humana. En 1924, el anatomista Raymond Dart describió en Sudáfrica el Niño de Taung, el cráneo de un Australopithecus africanus de unos 2,8 millones de años, primera prueba de que nuestros antepasados vivieron en África. Hoy, la tomografía computada permite estudiar cráneos sin tocarlos. El primer escáner clínico de un cerebro se realizó el 1 de octubre de 1971 en Londres, con la máquina diseñada por Godfrey Hounsfield, que recibió el Nobel en 1979.
Galería
¿Para qué sirven las fontanelas del bebé?
Conexiones
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El cerebro
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Siete millones de años de camino hasta nosotros
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Tawantinsuyu, el imperio de los Andes
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