La Mona Lisa
La sonrisa más famosa (y vigilada) del mundo
Un pequeño retrato sobre tabla de álamo que Leonardo nunca quiso entregar se convirtió, gracias a un robo en 1911, en la pintura más célebre de la historia.
Una mujer de Florencia
Hacia 1503, en Florencia, Leonardo da Vinci comenzó el retrato de Lisa Gherardini, esposa del comerciante de sedas Francesco del Giocondo. De ahí sus dos nombres: Mona Lisa (de monna, «señora») y La Gioconda. Durante siglos hubo dudas sobre la identidad de la modelo, hasta que en 2005 un investigador de la Universidad de Heidelberg encontró una nota escrita en 1503 por Agostino Vespucci, funcionario florentino, en el margen de un libro de Cicerón: mencionaba que Leonardo trabajaba en una cabeza de «Lisa del Giocondo».
Pero el cuadro nunca llegó a manos del marido. Leonardo lo llevó consigo a Milán, a Roma y finalmente a Francia, donde lo siguió retocando hasta su muerte en Amboise, en 1519. El rey Francisco I lo adquirió para la colección real; pasó por Fontainebleau y Versalles, colgó un tiempo en el dormitorio de Napoleón y terminó en el Louvre tras la Revolución.
El secreto del sfumato
Es una obra pequeña: 77 por 53 centímetros, óleo sobre una tabla de álamo. Su magia está en la técnica que Leonardo llevó al extremo, el sfumato: capas de pintura casi transparentes, superpuestas decenas de veces, que eliminan los contornos y hacen que la luz parezca nacer de la piel. Análisis por fluorescencia de rayos X realizados en 2010 mostraron que algunas veladuras tienen apenas unas micras de espesor.
Esa ausencia de líneas explica el famoso efecto de la sonrisa: cuando miramos los ojos, la visión periférica capta las comisuras difusas y la boca parece sonreír; cuando miramos la boca directamente, la sonrisa se desvanece. A eso se suma un paisaje imaginario, con ríos serpenteantes y montañas azuladas, que aplica la perspectiva aérea: lo lejano se vuelve más pálido y azul, como en la naturaleza.
El robo que la hizo inmortal
A principios del siglo XX, la Gioconda era una obra admirada, pero no la más famosa del Louvre. Todo cambió el 21 de agosto de 1911, cuando el vidriero italiano Vincenzo Peruggia, que había trabajado en el museo, la descolgó, la escondió bajo su bata y salió caminando. El museo tardó más de un día en darse cuenta. La prensa mundial publicó su rostro en primera plana; el poeta Guillaume Apollinaire fue detenido como sospechoso e incluso Pablo Picasso fue interrogado.
Durante más de dos años el cuadro estuvo oculto en el doble fondo de un baúl en París. En diciembre de 1913 Peruggia intentó venderlo a un anticuario de Florencia, que avisó a la policía. Peruggia alegó que quería devolverla a Italia. Cuando volvió al Louvre, en enero de 1914, ya era un mito.
Dato curioso: Durante los días posteriores al robo, miles de personas hicieron fila en el Louvre para contemplar el espacio vacío en la pared donde había estado el cuadro.
Un ícono bajo cristal
Desde entonces, la Mona Lisa ha sido atacada con ácido y con una piedra (ambos en 1956), con pintura en aerosol en Tokio (1974), con una taza de té, con pastel y con sopa, aunque desde la década de 1950 la protege un cristal blindado que la salvó en cada ocasión. Viajó a Estados Unidos en 1963 y a Japón en 1974, recibida por multitudes. Marcel Duchamp le pintó bigotes en 1919 y Andy Warhol la multiplicó en serigrafías. Hoy es el centro de gravedad del Louvre: millones de visitantes al año atraviesan sus salas para verla, aunque sea unos segundos, detrás de una barrera y un vidrio.
Galería
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