La Capilla Sixtina

El techo donde Miguel Ángel pintó la creación del mundo

⏳ 1473–1541Renacimiento📍 Ciudad del Vaticano

Una capilla papal de proporciones sencillas guarda el ciclo de frescos más ambicioso del Renacimiento: la bóveda y el Juicio Final de Miguel Ángel.

Una capilla para el papa

Entre 1473 y 1481 el papa Sixto IV della Rovere hizo reconstruir la vieja Capilla Mayor del Palacio Apostólico. De él toma su nombre: Sixtina. Es un salón rectangular de unos 40 metros de largo por 13 de ancho y 20 de alto, proporciones que algunos relacionaron con las del Templo de Salomón descritas en la Biblia. Por fuera parece casi una fortaleza; por dentro es uno de los espacios más asombrosos del arte occidental.

Las paredes se decoraron primero, en 1481 y 1482, con dos ciclos de frescos sobre la vida de Moisés y la de Cristo, obra de un equipo de estrellas florentinas y umbras: Sandro Botticelli, Pietro Perugino, Domenico Ghirlandaio y Cosimo Rosselli. La bóveda, en cambio, era apenas un cielo azul con estrellas doradas.

Cuatro años mirando hacia arriba

En 1508 el papa Julio II, sobrino de Sixto IV, encargó a Miguel Ángel Buonarroti pintar el techo. Miguel Ángel se consideraba escultor y aceptó a regañadientes. Diseñó él mismo un andamio que se anclaba en los muros, despidió a la mayoría de sus ayudantes y trabajó de pie, con la cabeza echada hacia atrás, durante cuatro años. En un soneto burlón escribió que tenía la barba apuntando al cielo y la nuca pegada a la espalda.

El resultado, revelado en el otoño de 1512, cubre más de 500 metros cuadrados con unas 300 figuras. En el centro, nueve escenas del Génesis: la separación de la luz y las tinieblas, la creación de Adán, la de Eva, el pecado original y el diluvio, entre otras. A los lados, profetas de Israel y sibilas paganas, gigantescos y meditabundos; en los ángulos, los ignudi, jóvenes desnudos que sostienen medallones.

Dato curioso: En La creación de Adán, los dedos de Dios y de Adán no se tocan. Ese espacio mínimo, de apenas unos centímetros pintados, se convirtió en una de las imágenes más reproducidas de la historia.

El Juicio Final

Veinticuatro años después, Miguel Ángel volvió. Clemente VII le encargó y Pablo III le hizo ejecutar, entre 1536 y 1541, el inmenso Juicio Final que ocupa toda la pared del altar. Un Cristo atlético levanta el brazo y pone en movimiento un torbellino de cuerpos: los elegidos ascienden, los condenados caen hacia la barca de Caronte. En la piel desollada que sostiene san Bartolomé, muchos reconocen un autorretrato del artista.

Los desnudos escandalizaron a parte de la curia. Tras el Concilio de Trento se ordenó cubrirlos, y en 1565 Daniele da Volterra pintó paños sobre varias figuras, lo que le valió el apodo de Il Braghettone, «el calzonero».

Colores recuperados

Durante siglos el humo de velas y las capas de cola y barniz oscurecieron los frescos. Entre 1980 y 1994 una restauración, financiada en parte por la televisión japonesa Nippon TV, devolvió los colores originales: verdes ácidos, naranjas, rosas y amarillos que sorprendieron al mundo y cambiaron la imagen de un Miguel Ángel sombrío.

La Sixtina no es solo un museo. Allí se reúne el cónclave de cardenales para elegir al papa, y de su chimenea sale la célebre fumata: negra si no hay acuerdo, blanca cuando hay nuevo pontífice. Cada año la recorren varios millones de visitantes que, igual que Miguel Ángel, terminan con el cuello dolorido de tanto mirar hacia arriba.

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