
Mercurio
El mundo de los extremos junto al Sol
El planeta más pequeño y veloz del sistema solar: sus días duran más que sus años y su superficie pasa de 430 °C a −180 °C.
El mensajero veloz
Mercurio es el planeta más cercano al Sol y el más pequeño de los ocho: mide 4.879 km de diámetro, apenas un poco más que la Luna y menos que Ganímedes, la mayor luna de Júpiter. Recorre su órbita a una velocidad media de unos 47 km/s y completa un año en sólo 88 días terrestres, por eso los romanos le dieron el nombre del dios mensajero de pies alados. Su órbita es la más excéntrica de los planetas: su distancia al Sol varía entre unos 46 y 70 millones de km.
Un día más largo que un año
Mercurio gira sobre sí mismo muy lentamente: una rotación respecto de las estrellas dura 58,6 días, exactamente dos tercios de su año. Esta resonancia 3:2 produce algo asombroso: el tiempo de un amanecer al siguiente, el día solar, dura 176 días terrestres, es decir, dos años mercurianos. En algunos puntos de su superficie, un observador vería al Sol salir, detenerse, retroceder y volver a avanzar en el cielo.
Fuego y hielo
Sin una atmósfera que retenga el calor —sólo tiene una exosfera finísima de átomos arrancados de la superficie—, Mercurio sufre los mayores contrastes térmicos del sistema solar: unos 430 °C de día y alrededor de −180 °C de noche. Pese a todo, la sonda MESSENGER confirmó en 2012 que en el fondo de cráteres polares a los que nunca llega la luz solar hay hielo de agua, protegido en una sombra eterna.
Un corazón de hierro gigante
Mercurio es el segundo planeta más denso después de la Tierra. Su núcleo metálico ocupa alrededor del 85 % de su radio, una proporción enorme que sugiere que en su juventud un impacto gigantesco le arrancó buena parte del manto rocoso, aunque hay otras hipótesis. Ese núcleo, parcialmente fundido, genera un débil campo magnético, descubierto por la Mariner 10 en 1974. Al enfriarse, el planeta se encogió y su corteza se arrugó formando escarpes de cientos de kilómetros.
Su superficie, llena de cráteres, recuerda a la Luna. La mayor cicatriz es la cuenca Caloris, de unos 1.550 km de diámetro: el impacto que la formó fue tan violento que en el lado opuesto del planeta dejó un terreno caótico de colinas.
Dato curioso: la órbita de Mercurio se desplaza lentamente con el tiempo. La física de Newton no lograba explicar 43 segundos de arco por siglo de ese desplazamiento; en 1915 Albert Einstein demostró que la relatividad general predecía justo esa cifra.
Difícil de alcanzar
Llegar a Mercurio es paradójicamente difícil: una nave que cae hacia el Sol acelera tanto que necesita frenar con maniobras complejas. Sólo dos misiones lo visitaron: la Mariner 10 (1974–1975), que lo sobrevoló tres veces, y MESSENGER, que lo orbitó entre 2011 y 2015 antes de estrellarse en su superficie. La misión europeo-japonesa BepiColombo, lanzada en 2018, ha realizado varios sobrevuelos y tiene prevista su entrada en órbita a fines de 2026. Desde la Tierra, Mercurio sólo se ve cerca del horizonte poco después del atardecer o antes del amanecer, y nunca se aleja más de unos 28° del Sol en el cielo.
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Dos masas cualesquiera se atraen con una fuerza proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de la distancia entre ellas.