Los pulmones

Una superficie del tamaño de un departamento dentro del pecho

Unos 480 millones de alvéolos ofrecen alrededor de 70 m² para intercambiar gases. Respiramos unas 20.000 veces al día sin pensarlo.

Dos órganos distintos

Los pulmones ocupan casi toda la caja torácica, protegidos por las costillas y apoyados sobre el diafragma, el músculo en forma de cúpula que separa el pecho del abdomen. No son simétricos: el pulmón derecho tiene tres lóbulos y el izquierdo, solo dos, porque debe dejar lugar al corazón, que forma una muesca llamada escotadura cardíaca. Juntos pesan cerca de 1,3 kilos y su capacidad total ronda los 6 litros en un adulto.

El árbol respiratorio

El aire entra por la nariz o la boca, baja por la tráquea, de unos 10 a 12 centímetros, y se divide en dos bronquios principales. Estos se ramifican una y otra vez, unas 23 veces en total, en bronquios cada vez más finos y luego en bronquiolos, hasta terminar en racimos de diminutas bolsitas: los alvéolos.

Un estudio de 2004 calculó que un adulto tiene en promedio unos 480 millones de alvéolos. Sus paredes son finísimas, de menos de una milésima de milímetro, y están rodeadas por una red de capilares. La superficie total disponible para el intercambio de gases es de unos 70 metros cuadrados, como un departamento pequeño. Allí el oxígeno pasa a la sangre y el dióxido de carbono sale de ella, simplemente por diferencia de concentración.

Dato curioso: en reposo respiramos de 12 a 20 veces por minuto, unas 20.000 veces al día, y en cada respiración tranquila movemos apenas medio litro de aire.

Del aire vital al oxígeno

Durante siglos se pensó que respirar servía para enfriar el corazón. En 1661, Marcello Malpighi observó en pulmones de rana los alvéolos y la red de capilares, y comprendió que allí aire y sangre se encontraban. En 1667 Robert Hooke mostró que un perro con el tórax abierto podía mantenerse vivo insuflándole aire, aunque los pulmones no se movieran: lo importante era el aire fresco, no el movimiento. En 1774 Joseph Priestley aisló el oxígeno y, en 1777, Antoine Lavoisier demostró que la respiración es una combustión lenta que consume oxígeno y libera dióxido de carbono.

En 1816, el francés René Laennec inventó el estetoscopio —al principio, un simple tubo de papel enrollado— para escuchar los pulmones. En 1846, John Hutchinson creó el espirómetro para medir cuánto aire puede exhalar una persona, una prueba que se sigue usando.

El surfactante y los bebés prematuros

Los alvéolos tienden a colapsar por la tensión superficial del agua que los recubre. En 1929, el suizo Kurt von Neergaard sospechó que existía una sustancia que lo impedía, y en los años cincuenta se identificó el surfactante pulmonar. En 1959, la pediatra Mary Ellen Avery demostró que los bebés prematuros que morían por dificultad respiratoria carecían de él. Hoy los surfactantes artificiales salvan miles de recién nacidos cada año.

Amenazas

En 1950, Richard Doll y Austin Bradford Hill publicaron un estudio que vinculó con fuerza el tabaco con el cáncer de pulmón. Fumar, la contaminación del aire y el humo de leña dentro de casa siguen siendo grandes causas de enfermedad respiratoria. En 1963, James Hardy realizó el primer trasplante de pulmón, y en 1983, en Toronto, el equipo de Joel Cooper logró el primero con supervivencia a largo plazo.

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